La Paz-Chuquiagomarka es como una gigantesca pollera de chola, llena de encajes, pliegues, brillos y matices que se cimbran con elegancia al ritmo del viento, luciendo altiva su sombrero de plata: el majestuoso Illimani, su guía, su ajayu y su sereno.
Ciudad ch´enko
Ha pasado más de medio siglo desde la primera vez que visité La Paz y lo recuerdo como si fuera ayer. La conocía por relatos que nos contaban que allá los edificios trepaban las montañas atravesando las nubes para llegar hasta el cielo; también que sus calles ruidosas atosigadas de gente y vehículos contrastaban brutalmente con el silencio sideral de nuestro pueblo, Quechisla; y que el coloso Illimani no era solo una montaña, sino un Apu, un Dios al que si lo mirabas de frente, te encantaba.
La mirada de la ciudad de La Paz bajando en tren desde El Alto al caer la tarde era simplemente apoteósica, porque parecía la constelación de un cielo volcado en las profundidades de la hoyada, o un mar de estrellas titilando como luciérnagas danzarinas. Me impactó. Y asumí que la vista que llenaba mis ojos, y mi alma, era un relato no contado, acaso porque no es posible describirla en la plenitud original de su luminosa singularidad. La bajada al ritmo cansino del tren dejaba apreciar las luces de la ciudad que aparecían y desaparecían entrecortadas por los montículos y los árboles que la escondían, dando la impresión de no ser una sino varias ciudades. Conforme bajábamos, las luces fueron aumentando su tamaño para desalinearse en las serpenteantes hileras de sus calles y avenidas. La ciudad dejó entrever su conformación mágica de convivencias urbanas múltiples, dejando para nuestra imaginación la explicación de su estructura misteriosa con encantos que se muestran y se esconden, y un rostro multicolor pincelado con identidades que se lucen y se encubren.
Su origen está en Chuquiago Marka, nombre derivado del aymara chuqiyawu que significa chacra de oro, y marka, que es un conjunto de ayllus o comunidades con sus sallqas o naturaleza viva y sus huacas nutridas por la Pachamama como lugares sagrados. Este territorio ancestral se entremezcla en convivencia con Nuestra Señora de La Paz, la ciudad española mestiza fundada primero en el altiplano de Laja, cerca de Tiwanaku, para trasladarse a la hoyada donde se erige con sus iglesias y campanarios allá donde confluyen las laderas que bordean el río Choqueyapu. En una paradoja que la sociología urbana tiene que aprender a explicar, La Paz-Chuquiagomarka es una ciudad compuesta de la complejidad entrelazada de dos ciudades que perviven alimentándose, oponiéndose y convirtiéndose en una tercera realidad que no es mestiza, ni híbrida, sino ch´enko, mezcla, entrecruzamientos, revuelto, compacto y a la vez disuelto.
Las dos ciudades, Chuquiagomarka y La Paz se entremezclan, trashumantes, en conformaciones ch´exxe o mezcla de opuestos que se unen en pequeños puntos sin llegar a fusionarse del todo. Es un espacio compartido donde las tensiones no se expresan en dominaciones, sino en la construcción de una nueva convivencia con desplazamientos tejidos en idas y venidas sin haberse ido, para procrearse en un curioso fenómeno de inclusión-excluyente, para unos y para otros, con una territorialidad abigarrada donde respiran el mismo aire y comparten el mismo ajayu. Juntas, las dos haciéndose una sin dejar de ser distintas, más que un lugar son un sistema de vida, un pueblo, un territorio, una ciudad al mismo tiempo inter, pluri y multicultural.
La ciudad se expande tendiendo sus tentáculos de barrios que bajan zigzagueantes el curso del río, trepan en desorden las montañas, se toman las laderas y por doquier levantan edificios que le rascan la panza al cielo, emparentándose con el cosmos. El resultado urbanístico en una topografía escarpada de terrenos frágiles como terrones de azúcar, es el diseño de una estructura atípica que salvo en su centro político, rompe con el molde clásico de las ciudades españolas que semejan un tablero cuadriculado o damero colonial, para acogerse a un original trazo, desconfigurado, donde las líneas rectas se trastocan en curvaturas que suben y bajan multicolores.
La Paz-Chuquiagomarka es como una gigantesca pollera de chola, llena de encajes, pliegues, brillos y matices que se cimbran con elegancia al ritmo del viento, luciendo altiva su sombrero de plata: el majestuoso Illimani, su guía, su ajayu y su sereno. La Paz-Chuquiagomarka es, definitivamente, el prototipo de una ciudad ch´enko, abigarrada, entremezclada en territorios, sociedades, culturas y tiempos históricos convivientes en un solo tiempo impredecible porque está siempre en camino hacia un horizonte desconocido.
Ciudad de altura
Ciudad cambiante, mutante, migrante, cosmokollita y cosmopolita, ciudad enrevesada, hermosa e indescifrable donde lo único inmutable es su altura, que le hace darse cuenta al nativo y al visitante que para vivir en La Paz-Chuquiagomarka se necesita un corazón gigante y un pulmón adicional que sólo lo tiene la propia ciudad y su capacidad de resiliencia, lo que la hace resistente a los avatares de su propia historia y proactiva ante los entuertos provenientes de su estatus como sede de gobierno. Ciudad creativa que recomienda al visitante resistir el sorojche o mal de altura aplicando al pie de la letra la infalible trilogía: "comer poquito, caminar despacito y dormir solito".
La Paz-Chuquiagomarka es altura y sus soluciones son de altura. Los puentes mellizos y trillizos deberían multiplicarse, pariéndose en cuatrillizos y quintillizos, para que siga fluyendo la vida en una ciudad apretujada por sus calles angostas atestadas de una sobrepoblación caótica de minibuses. Ciudad de altura en la que el chofer del Trufi insiste en que de Calacoto a Obrajes la ruta es de bajada, aunque sea la vía de subida al centro de la ciudad. Ciudad única donde se bajan las subidas y se suben las bajadas. La experiencia galáctica del recorrido por su cielo en los teleféricos y la vista celestial de la ciudad, lleva a interrogarse si nos movilizan en vuelo, en cableado, en inmersión, en drones, o en qué mismo. Estas subversivas soluciones urbanas hacen imaginar La Paz-Chuquiagomarka a futuro con emprendimientos todavía más arriba, urbanizando el cielo.
La Paz-Chuquiagomarka: ciudad polisémica
La picaresca urbana es de siempre en extremo creativa, contiene una crítica hualaycha (traviesa) y lúdica. Lo reflejan sus narrativas expuestas en grafitis y en denominativos que no se consagran en bautismos oficiales, pero que sí se generalizan y se legitiman en apelaciones que las ciudadanías fabrican para su ciudad en sus múltiples facetas, inventando un vocabulario que no tiene cabida en los diccionarios. Es así que La Paz-Chuquiagomarka se rebautiza popularmente en muchos otros nombres, según sea la experiencia urbana que se vive. Veamos.
La ciudad recibe el apelativo de Chuquiagomarket, porque con la globalización y la informalización de la economía, La Paz-Chuquiagomarka, sin dejar de serlo, comparte su identidad con las consecuencias de su energía comercial que abarrota las calles de la ciudad de norte a sur y de este a oeste con todos los productos imaginables, desde periódicos y revistas, salteñas y chancho a la canasta, celulares y electrodomésticos, abrigos y ternos, jarabe contra el sida y pomada contra el cáncer, hasta relojes "rolex" o anteojos "rayban". Esta práctica se sustenta en una acción de complicidad entre los vendedores ambulantes y los ciudadanos que tienen lo que requieren al paso, en precios razonables y con prestigio reconocido. Ciudad-shopping donde reina la informalidad que no es sinónimo de ilegalidad, sino, como dice Hernando de Soto, una dinámica zona de penumbra con una larga frontera con el mundo legal y donde infinidad de ciudadanos se refugian en actividades de excepción sin los beneficios de la protección del sector formal.
El fenómeno no es nuevo, se podría decir que la calle es un lugar de actividad económica desde siempre porque transita con los ciudadanos haciéndose parte de sus recorridos mediante el comercio de bienes, servicios, alimentos y manufacturas de uso doméstico. Hecha de intercambios formales-informales con criptomonedas en el día, e informales-informales con trueques premonetarios en la ciudad de noche, La Paz-Chuquiagomarka se convierte en una ciudad-mercado que se toma plazas, avenidas, calles y plazuelas. Por eso la inventiva popular la rebautiza Chuquiagomarket, espacio acrobático de vigencia del Khatu (mercado) donde late el ajayu de la ciudad que amortigua socialmente la pobreza combinando el lucro con las reciprocidades.
También La Paz-Chuquiagomarka se ha ganado el apelativo de Chuquiagomártir, porque al ser la ciudad sede de gobierno, en ella y la cotidianidad de sus habitantes confluyen todas las demandas nacionales, regionales y locales, de todos los confines del país, y con todos los discordes movilizados, buscando la atención de las autoridades a sus demandas. Son movimientos expresados en marchas, mitines y bloqueos que rompen la normalidad urbana y no se interrogan por el valor de la (in)solidaridad ciudadana.
Además de esta característica, en años recientes Chuquiagomártir se caracteriza también por el descuido de sus calles o el bacheo artificial de sus incontables huecos de todas las dimensiones, haciéndose parte del paisaje urbano y del deterioro de los calzados y tobillos de sus habitantes. Así mismo, no se libra del crecimiento de la inseguridad ciudadana ni de la presencia naturalizada de loteadores que se dan modos para levantar construcciones ilícitas que derivan en deslizamientos sembradores de tragedias o en el surgimiento de calles que no le pertenecen porque son de otros municipios, aunque radican en Chuquiago.
En una dimensión colateral, La Paz-Chuquiagomarka en el imaginario popular es también Chuquiagotranca, porque en sus calles estrechas el caos vehicular convierte su tráfico en un embudo por el que entra la vida de la ciudad entera y sale por goteo, del mismo modo que entra la política, dispersa, desde las distintas regiones del país diverso, para estrujarse en su centro administrativo presidencial, congresista y ministerial y salir ilusionada con integrar y jalonar Bolivia hacia el futuro.
En Chuquiagotranca la cotidianeidad urbana se reproduce dramáticamente congestionada, semejando una olla de presión a punto de explotar, especialmente en su centro colonial que fue diseñado para la circulación de caballos y carretas y no de una vorágine de motorizados de todos los tipos, colores, tamaños y marcas que descomponen los trazos urbanos y los tímpanos de sus habitantes. El desorden que provoca la suma de transporte despelotado, peatones irreverentes, estacionamientos callejeros impresentables y bloqueadores infalibles dura toditito el santo día y se intensifica en los horarios punta, configurando la ciudad de las veinticuatro horas pico.
En este caos, los buses Pumakatari marcan diferencia deslizándose raudos como el puma y sigilosos como la serpiente (katari), con un servicio de calidad moderno, eficiente, seguro, confiable, puntual y amigable. Este patrimonio paceño es una conquista ciudadana que ha puesto en cuestionamiento el monopolio del transporte, ha legitimado una forma de servicio que dignifica el consumo urbano como un derecho, además de desafiar, junto con sus hermanos menores, los Chikititi, a que se asuman políticas integradas de movilidad urbana y de cultura vial. En este cometido un actor fundamental son las adorables Cebritas, cuya presencia gentil, amistosa, cariñosa y profundamente educativa, tiene mucho de lo escrito por el geógrafo inglés David Harvey, cuando afirma que el derecho a la ciudad es mucho más que la libertad individual de acceder a los recursos urbanos porque se trata del derecho a cambiarnos a nosotros mismos cambiando la ciudad.
Ciudad maravilla
La Paz-Chuquiagomarka, mágica ciudad-collage, semejante a saco de aparapita, constituido por múltiples retazos, formas y colores que no significan remiendos sino abrigo como una unidad con identidad, definitivamente es una urbe tejida con enlaces interpluri y multiculturales, en bordes desbordados por los límites imperceptibles e interpenetrados entre La Paz y Chuquiagomarka. Ciudad ambulante, generosa con sus migrantes a los que acoge y adopta sin condiciones. Indescriptible ciudad-ch´enko, bellamente estampada con el fondo plateado del coloso Illimani que, del mismo modo que la ciudad, se acaricia con el cielo en complicidades sin límites. Ciudad integradora que resume Bolivia y la conecta con el mundo. Ciudad única, inimitable, sin parangones porque sólo puede parecerse a sí misma.
Esta mágica ciudad necesita recuperar el rumbo de su desarrollo retomando de su propia historia el espíritu de las buenas experiencias de gestiones municipales que desafiando su tiempo construyeron futuro con visión integral, posibilitando transformaciones positivas con obras como los puentes trillizos y mellizos, los Barrios de Verdad, la presencia de las Cebritas, la incorporación de los Puma Katari y los Hospitales Municipales que la población reconoce, valora, se las apropia, las incorpora en su cotidianidad, las cuida, las inmortaliza y las proyecta hacia nuevos horizontes.
La Paz-Chuquiagomarka es pueblo de gentes trabajadoras, indomables, creativos constructores de futuro en un territorio zurcido de retazos que tejen con hilos de esperanza la ciudad maravilla y, para la que, palabras más, palabras menos, recupero el sentido de un grafiti que lució por años su mensaje en una de sus paredes: "Esta ciudad necesita que le hagan el amor, con altura".
La Paz-Chuquiagomarka, octubre de 2026
La Paz-Chuquiagomarka, ciudad interplurimulti
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