Las fiestas: el deseo cumplido de regresar


Debe ser mi lado nostálgico, que ocupa gran espacio, el que se aferra a todo rastro de
recuerdo. Objetos, personas, sabores, canciones, olores. De ahí que las festividades que
reúnan todo aquello, en especial las que tienen un lugar seguro en el calendario, entren
a mi memoria de modo singular. Una memoria que es como de ancianos, que repasan
episodios de larga data pero no recuerdan lo que hicieron esta mañana. Oscilo pues,
entre un elefante y Dory (la amiga de Nemo). En esa medida, vivo más del pasado que
del futuro.

Kundera se refería a la nostalgia como el sufrimiento causado por el deseo incumplido
de regresar. Y es quizás en ese intento de volver que celebro las fiestas que más
recuerdos dejan. No he vencido la resaca del 31 de diciembre y ya compro espuma e
incienso para carnaval. Una celebración prolongada que me pareció, recién llegada a
Bolivia, graciosa e inocente. Los bolivianos no aprovechaban la permisividad de esos
días como los brasileños, que viven sus carnavales como las saturnales originales, sin
saber ya al tercer día a cuál de los géneros de la intersexualidad pertenecen. Recuerdo
mi primer juego carnavalesco en la plaza 25 de Mayo en Sucre, con reglas que
desconocía. Mi ignorancia y (mala) puntería hacían que los globos de agua cayeran, pese
al armisticio, en algún bando enemigo, el que no tardaba en desplegar, esta vez contra
mis corpulentos primos, toda su artillería de 300 globos. Luego venían el baile con
banda municipal y los sándwiches de palta y quesillo. Y todo me hacía dudar si en
Venecia el carnaval era tan pintoresco como el de esa ciudad con góndolas pero sin
canales. Con el arribo a La Paz, llegaron Los Olvidados y el puchero -plato tan altiplánico
como ibérico- antes de la obligada ch'alla, que se lleva ingentes cantidades de
serpentina, alcohol y fe pagana.

Es posible que nacer un Miércoles de Ceniza haya marcado mi fascinación por estos días
previos a la Cuaresma, en la que se posa cada viernes en la mesa un pescado que
destierre la carne roja pero no ceda a lo vegano (cuya comida, decía alguien, produce
los mismos efectos que el Coronavirus: nos priva de sentirle olor o sabor alguno).
Vencidos los feriados carnavalescos, me toca esperar unos meses hasta la festividad por
el nacimiento de San Juan Bautista. Esa fiesta nocturna de símbolos solares, cuyo rito
principal radica, hasta nuestros días (aunque a escondidas), en encender una hoguera
"con el fin de dar más fuerza al sol" y a nosotros una buena purificada. Añoro las
enormes fogatas en casa de unos vecinos que reunían al barrio alrededor de leñas
encendidas que iban cargadas con cosas viejas de las que "había que deshacerse" y de
buen sucumbé, que ahora preparo cada 23 de junio para acompañar los "jadogs"
rebosantes de tomate, cebolla, chucrut y palta. De paso, reverencio a la inmigrante Stege
por haber secuestrado esa tradición europea que recibe al invierno, una de las cuatro
estaciones de cualquier día paceño.

Este año la embajada de México tenía huéspedes ilustres que atender y un virus que
eludir. De ahí que no haya podido invitar a la colonia de compatriotas a celebrar el grito
de su gesta libertaria. Esa celebración es, posiblemente, la que más añoranzas me
produce. Las plazas atestadas a la espera de que el alcalde salga al balcón a evocar a
Hidalgo, Morelos y demás insurgentes de la Independencia, mientras se comen elotes
con crema y chile, los niños exhiben globos tricolor y los adultos engullen mezcal, son
un retorno a las raíces. Escuchar el "¡Viva México!" y los siguientes vivas con mayor
énfasis hasta llegar al himno nacional, le provoca a cualquier mexicano el más férreo
chauvinismo. La emoción es inevitable, al punto de que hasta el Zoom logró este 15 de
septiembre sacarme lágrimas, pese a que el que gritaba era López Obrador. O quizás
fuera por eso.

Intento, cuando es posible, no caer en la alienación. Me debo a diversos países -mi
sangre carga glóbulos de todos los colores- y no quiero agregar más tradiciones a mi ya
multicultural personalidad. Sin embargo, cuando se adopta una costumbre extranjera y
aquello produce alegría a más de uno, sin bajas ni daños colaterales, esa adopción sabe
benigna. Pasa con Halloween. Una tradición que viene de los festivales de cosecha
celtas, pagana en su inicio y luego cristianizada. Aunque esto irrite a quienes acusan (a
veces con razón) a las élites de imitar conductas gringas, a los norteamericanos este
festejo les llegó ya con disfraces y todo. De hecho Halloween (que en la cultura inglesa
se llamaba All Hallows' Eve), supone la víspera de Todos Santos, una fiesta arraigada
por estos lados. Los antiguos celtas, como nosotros, creían que la frontera de este
mundo con el otro desaparecía esa noche. Así, los ancestros familiares eran convocados
y homenajeados, mientras que los espíritus malos eran espantados con el uso de trajes
y máscaras.

Disfruté Halloween de niña, luego con mi hijo mayor y (muchos) años después con el
menor. Esta tradición, algo nueva por aquí, parece democrática: una simple máscara o
un disfraz casero sirven a los niños para tocar timbres y pedir golosinas. Nada más
inofensivo (además, la arenga en comparsa del "dulce o truco", sirve de entrenamiento
para cuando, en unos años, necesiten reclamar una renta o la salida de algún
presidente). Entre más puertas se abren, más niños y dentistas felices.

Y llega la Navidad. La que más nostalgia trae. Este año pandémico traerá también
tristeza para muchos. El reencuentro con lo pasado será distinto. El margen de
negociación será casi inexistente. No podremos discutir si la Nochebuena es en casa o
con los suegros, o si se come picana o pavo (discusión que he vencido después de fútiles
negociaciones, preservando la tradición familiar). Resta concentrarse en las pocas
horas que estaremos reunidos alrededor del árbol antes de que el toque de queda nos
recuerde que el mejor regalo son las afectividades y las expresiones alternativas a los
abrazos y besos que nos han sido vedados.

Finalmente, no concibo un Año Nuevo sin uvas, y no pacto con la Naturaleza si no están
en temporada. Me vi una víspera en ciudad ajena, abandonando el taxi en medio de un
embotellamiento y corriendo mientras oscurecía en la inseguridad de las calles, solo
para entrar a un mercado a comprar uvas. Las consumo en un rito, pidiendo un deseo
por cada una mientras suena el conteo a capela, ya sin la anacrónica voz del radialista
de fondo. Este año, créanme, pediré un lote de vacunas por cada uva. Y reservaré una
deseando repetir las festividades que afianzan mis recuerdos. Eso sí, en vez de usar
calzones rojos, me pondré unos azules invocando salud. La pasión, por ahora, tendrá
que esperar. ¡Salud!


Daniela Murialdo López es Abogada